STC

8 de septiembre de 2015

Te llamas Aylan. Y tienes tres años.

Lo tengo que escribir.

Porque si no reviento.

He dejado que pasara una semana, porque en un chiste que vi por ahí, se mofaban de que la empatía tiene fecha de caducidad a las 24 horas.

Pero no se pasa. No se me pasa. Y o lo saco, o se me pudre.

Vi tu foto – sí, sabes cuál – muy pronto ese día. Ya no me acuerdo donde. Desde el primer momento vi su fuerza. Vi que ya nada sería lo mismo. Que iba a transcender, que iba a ser una fuerza en sí misma y que nos iba a aplastar a todos, nuestras consciencias y cuerpos.

Quizá fuera por la composición; tú, tirado como si durmieras meciéndote en las olas bocabajo, y a tu lado un señor tan alto. O es porque hacía unas semanas estuve con mi hijo de un año viendo por primera vez el mar y todavía resuenan en mis oídos su gritos de asombro y alegría, sus juegos con la arena. Se rompió algo en mí.

Todavía, a veces, no puedo dejar de llorar.

Me imagino tus duros tres años, de un país en otro. Con la angustia de un niño que no entiende nada, pero con la ilusión de un niño que sonríe por todo. Me imagino que idolatrabas a tu padre, que te hablaron con ilusión del sitio al que ibas donde ya nadie te iba a hacer daño. Donde ibas a ser feliz. Me imagino esa mañana del 2 de septiembre, de noche aún. Te levantaron y vistieron con tus mejores ropas. Esa camisa roja, los pantalones azules y tus botitas. Tenías sueño pero la voz de tu madre te tranquilizaba. Te llevaron en brazos, la fría madrugada. El mar, la oscuridad, la confusión. Quizás llorabas callado mientras tu padre te decía que fueras duro. Luego el mar. Las olas, los gritos y el agua. El miedo.

El miedo que tuviste que pasar.


Vuelve la sangre. Un latido, otro.


Tu foto. Tu foto. No fuiste el único. No has sido el primero. Luego he leído, ibais muchos más en la misma barca. Tu mismo hermano. Incluso dos bebés de año y medio. También muertos.

Más aún, leyendo artículos, no he podido pararme, he visto otras fotos, otros niños, otros mundos muertos en la orilla. Cientos, miles.

Y más: Pocos días antes de conocerte, murieron 71 personas dentro de un camión. Asfixiados. Sus gritos de muerte hicieron que los abandonaron en la carretera. Como animales. Peor que animales. Sabía que allí había un niño de dos años, pero ni la foto – que he visto hoy en el Bild, la foto de la vergüenza – es tan dura como la tuya.

Fue tu foto. Fue tu muerte.

Todos los niños que mueren son un mundo que se rompe. Pero no es lo mismo morir de un accidente, de una enfermedad por injusto que pueda parecer... que morir por nuestra desidia, por nuestra ignorancia, porque miramos para otro lado. Porque estamos demasiado ocupados para atender al telediario. Porque nuestros mandatarios juegan al ajedrez con tu país, tu mundo, obligándote a huir y a arriesgar la vida. Arriesgarla y perderla en una playa de Turquía.

Y no, tu padre no fue un inconsciente como dice el reflejo pálido de lo que pudo haber sido mi padre. Porque yo hubiera hecho lo mismo con mi hijo si detrás de mi tuviera solo muerte y delante una mínima esperanza. Qué buenos consejos se dan con la panza llena y calentito en la cama. Asco de mundo.

El mundo se serena. Sigue con su vida, con su rollo, con sus historias.

Pero para mí, al menos, ya nada será igual.  

Porque como dijo Lorenzo Silva en El Mundo, tú eres el cordero que muere por mis pecados. Ya nada será igual, ya nada podrá quitarme el dolor que me has dado. Me has despertado, me has hecho nacer. Y ya ha empezado el cambio.

Sé que a ti todo esto te importa una mierda. Que tú no querías ser el cordero de nadie, ni sensibilizar a un continente con tu muerte. Ni siquiera conseguir que se abrieran fronteras unos días sobre tu cadáver para que miles de tus compañeros llegaran a buen puerto.

Tú querías una bicicleta. Querías ser feliz. Querías vivir sin miedo y sin que tus padres lloraran por no poderte dar un futuro. Tú y todos los Aylan, todos los Muhamed, Galib, Rihan y todos los niños, las niñas que se han quedado en el borde de una playa o en el fondo de un mar dentro de un barco. Y todos sus padres y madres que matamos día a día, mientras nosotros estamos preocupadisimos por nuestros mierda problemas del primer mundo.

Me hubiera gustado que hubiera un dios. Para que estuvieras ahora mismo en su regazo durmiendo. Y para que todos los demás las pasáramos putas intentando justificar por qué te dejamos morir – todos nosotros – en una puta playa de Turquía.

Todo ha cambiado. Lo sabes. Tanto para mí como para mi hijo. A él, un día, cuando pueda entenderlo le contaré que el mes que él vio el mar por primera vez, un niño se acostó en su lecho. Yo, mientras tanto ya estoy en marcha para dejar cuando me vaya un mundo mejor del que tuve.

Por eso, para mi estás vivo. No más usar el pasado contigo. 

Te llamas Aylan. Y tienes tres años.

Y sonríes.

Asi quiero recordarte.